--- title: "Arthas y la Plaga" --- Hubo un tiempo en que el nombre de Arthas Menethil era sinónimo de esperanza. Hijo del rey Terenas Menethil II, heredero del trono de Lordaeron, el reino más grande y próspero de los humanos, Arthas creció entre muros de mármol blanco, bajo la mirada orgullosa de un padre que veía en él al futuro de su pueblo. Era apuesto, fuerte, impetuoso, dotado de una voluntad que sus maestros confundían a veces con terquedad y otras veces con grandeza. Cuando fue lo bastante mayor, ingresó en la Orden de la Mano de Plata y se consagró como paladín, un guerrero de la Luz sagrada. El martillo que empuñaba brillaba con la pureza de sus convicciones, y quienes lo veían cabalgar bajo los estandartes de Lordaeron sentían que mientras Arthas viviera, nada malo podría ocurrirle al reino. Nadie podría haber adivinado que aquel joven príncipe, aquel campeón de la Luz, se convertiría en el instrumento de la destrucción más absoluta que Lordaeron hubiera conocido jamás. Todo comenzó con susurros. Rumores que llegaban desde las aldeas del norte, historias confusas sobre cosechas que se pudrían de la noche a la mañana, sobre ganado que moría sin causa aparente, sobre gente que enfermaba con una fiebre que ningún sacerdote lograba curar. Al principio se pensó que era una plaga natural, quizá transmitida por el grano contaminado que un misterioso culto distribuía entre los campesinos. Pero cuando los muertos comenzaron a levantarse, cuando los cadáveres de madres e hijos abrieron los ojos con un brillo azul helado y se lanzaron contra los vivos con una furia que no pertenecía a este mundo, la verdad golpeó a Lordaeron con la fuerza de un mazo de guerra. Aquello no era una plaga. Era un arma. Arthas fue enviado a investigar junto a la hechicera Jaina Valiente, la mujer a la que amaba con la torpeza apasionada de la juventud. Juntos descubrieron la red de horror que se extendía por el reino: el grano infectado, los necrópolis flotantes que ensombrecían los cielos, y detrás de todo, una inteligencia maligna que orquestaba cada muerte con precisión quirúrgica. El señor de los demonios Mal'Ganis, un nathrezim de la Legión Ardiente, se reveló como el titiritero de aquella pesadilla, y sus palabras fueron una provocación calculada para el príncipe. Cada aldea que Arthas liberaba, Mal'Ganis la corrompía de nuevo. Cada vida que salvaba, el demonio la reclamaba antes del amanecer. La frustración de Arthas se fue convirtiendo en desesperación, y la desesperación en algo más oscuro. Entonces llegó Stratholme. La ciudad de Stratholme era una de las joyas de Lordaeron, un centro de comercio y cultura donde miles de almas vivían bajo la protección de la corona. Pero cuando Arthas llegó a sus puertas, descubrió que el grano contaminado ya había sido distribuido entre la población. Cada hombre, cada mujer, cada niño que lo hubiera consumido estaba condenado a morir y levantarse como no-muerto. No había cura. No había salvación posible. Solo quedaban dos opciones: abandonar la ciudad y permitir que se convirtiera en una fábrica de monstruos, o purgarla. Jaina le suplicó que buscara otra solución. Uther el Iluminado, su mentor, el paladín más respetado de toda la Orden, se negó a obedecer la orden y le dio la espalda. Pero Arthas, con los ojos enrojecidos y la mandíbula apretada, cruzó las puertas de Stratholme con su ejército y comenzó la matanza. Casa por casa. Calle por calle. Los gritos de los inocentes se mezclaban con el fragor de las armas, y cuando el último cuerpo cayó, Arthas se encontró solo entre las llamas de una ciudad que él mismo había destruido. Había salvado a Lordaeron de una amenaza inmediata. Pero el precio que pagó su alma fue inconmensurable. Y no fue suficiente. Mal'Ganis había escapado, burlándose de él desde las sombras, invitándolo a perseguirlo hasta los confines del mundo. Hasta Rasganorte. Arthas reunió una flota y navegó hacia el continente helado del norte, contra las órdenes de su padre, contra el consejo de todos los que lo amaban. Rasganorte lo recibió con tormentas de nieve que cortaban la piel como cuchillas y un frío que se infiltraba hasta los huesos del alma. Sus hombres morían de congelación, de emboscadas, de una desesperanza que se extendía como veneno. Pero Arthas no se detuvo. No podía detenerse. Algo lo llamaba desde las profundidades de aquel continente maldito, una voz que prometía el poder necesario para destruir a Mal'Ganis, para acabar con la Plaga, para salvar a su pueblo. La voz lo guió hasta una caverna de hielo donde, clavada en un trono de escarcha, esperaba una espada. Frostmourne. Escarcha Eterna. Su hoja era de un acero que parecía absorber la luz, y las runas que la recorrían pulsaban con una energía que hacía temblar el aire. A sus pies, una inscripción advertía en un idioma antiguo que quienquiera que empuñara aquella arma entregaría su alma a cambio. El caballero Muradin Barbabronce, que lo había acompañado en aquella expedición funesta, le imploró que no la tocara. Arthas la tomó. En el instante en que sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura, algo dentro de él se quebró para siempre. El frío de la hoja le recorrió el brazo, el pecho, el corazón. Sus ojos, antes llenos de fuego, se vaciaron como estanques de agua helada. Frostmourne bebió su alma como un sediento bebe agua del desierto, y lo que quedó de Arthas Menethil fue apenas la cáscara de lo que había sido. Encontró a Mal'Ganis y lo destruyó, sí, pero no como un paladín destruye a un demonio: lo hizo como un instrumento del mismo poder que había jurado combatir. Cuando regresó a Lordaeron, la ciudad lo recibió con campanas y flores. El pueblo se agolpaba en las calles para dar la bienvenida a su príncipe, al héroe que había marchado a Rasganorte para protegerlos. Los pétalos de rosa llovían desde los balcones. Los niños cantaban. El rey Terenas lo esperaba en la sala del trono con los brazos abiertos, con lágrimas de alivio en los ojos de un padre que creía haber recuperado a su hijo. Arthas caminó por el pasillo de mármol, entre los vítores de la corte, y se arrodilló ante su padre. Terenas le dijo, con la voz quebrada por la emoción, que aquel viaje había terminado. Arthas levantó la mirada y, sin que una sola emoción cruzara su rostro, respondió con una voz que ya no era del todo humana: "Tienes razón, padre. Ha llegado a su fin." Desenvainó a Frostmourne y hundió la hoja en el pecho del rey. La corona de Lordaeron rodó por el suelo de piedra con un tintineo que resonó como el tañido de una campana fúnebre. Lordaeron cayó aquella noche. Los no-muertos inundaron las calles que horas antes habían celebrado el regreso del príncipe. El reino más grande de los humanos fue consumido por la Plaga en cuestión de días, y Arthas, ahora Caballero de la Muerte al servicio del Rey Exánime, marchó al frente de los ejércitos de la perdición con Frostmourne en la mano. Pero ni siquiera aquella transformación fue la última. En las cimas heladas de Rasganorte, en lo más alto de la Ciudadela de la Corona de Hielo, un trono de hielo negro esperaba. Sobre él descansaba el yelmo maldito que contenía el espíritu del Rey Exánime, Ner'zhul, el antiguo chamán orco cuya alma había sido aprisionada por la Legión para servir como amo de los no-muertos. Arthas ascendió los escalones de la Corona de Hielo, tomó el yelmo entre sus manos, y se lo colocó sobre la cabeza. El hielo se fundió con su carne. Los recuerdos de Ner'zhul se entrelazaron con los suyos. Dos voluntades, dos tragedias, dos almas rotas se convirtieron en una sola entidad de poder devastador. Cuando abrió los ojos, ya no era Arthas. Ya no era Ner'zhul. Era el Rey Exánime, señor absoluto de la Plaga, y su reinado de terror apenas comenzaba. En algún lugar, bajo capas de hielo y oscuridad, el eco de un niño que una vez soñó con ser un buen rey seguía gritando. Pero nadie lo escuchaba.